Al principio fue el gesto

Durante un lejano viaje a Corfú, una mujer visitó la casa de los Durrell, la del autor de su amado libro Mi familia y otros animales. Años después, la misma mujer habitaba una isla que podría ser griega: Menorca.

Una mañana de invierno abrió una carpeta, y una fotografía, sin aviso y sin permiso, trajo al presente aquel viaje; y con él la casa, y con la casa Gerald Durrell y la fascinación renovada por aquel libro. Las neuronas empezaron a jugar y relacionar hasta que, eureka, se encendió la idea que hoy vemos convertida en estas imágenes que tanto tienen en común: una mujer, un animal, un gesto… Mis amigas y otros animales.

Lo primero que vi en las fotos de Montse Bulbena fueron las manos, la omnipresencia del contacto físico, el que después de la infancia se nos corrompe. Los animales mantienen un reducto del paraíso anterior al verbo donde el tacto vuelve a ser tacto: de reconocimiento, de amor, de comunicación, libre de todo tabú. Vemos aquí manos activas, manos queriendo, manos hablando, manos cuidando, incluso manos reflexionando y recordando.  Las portadoras del tacto amoroso son ellas: mujeres amando, mujeres jugando, mujeres diciendo, y una de ellas, fotografiando esta maravilla, este amor de antes de todo.  Mujeres y manos en una alianza natural, tan natural como ofrecer una manzana cuando aún no tiene nombre.

Al principio fue el gesto. El verbo tardaría millones de años.

Mariona Fernández